Toda acción cultural es política

Toda acción cultural es política. La política cultural es elaborada a partir de las micropolíticas desarrolladas por cada pequeño y gran agente cultural, por cada ciudadano. Toda acción cultural implica una toma de decisión concreta, una elección, un rechazo, un posicionamiento que tendrá consecuencias en sus receptores, en los implicados, en su entorno…, política en estado puro.

Cuando la cultura es utilizada con uso institucional y economicista es cuando se desvirtúa el potencial de la política cultural como herramienta de desarrollo personal y colectivo, en aras de un interés partidista o de estrategias al margen de la cultura. Y, si bien la cultura tiene un potencial colateral indiscutible a nivel de desarrollo económico, laboral, urbanístico, turístico…, si permitimos que sean esos los criterios de evaluación de su interés, desviamos el foco de aquello que constituye el valor inherente e imprescindible de la cultura. ¿Cuándo surgió la necesidad de cuantificar el valor de la cultura desde criterios externos a ella? ¿Cuándo se introdujeron elementos de evaluación como plazas hoteleras y menús servidos para analizar la rentabilidad social de un recurso vital para el crecimiento personal y colectivo? ¿Desde cuándo pesa más el crecimiento de plazas hoteleras que el de las personas?  ¿Desde cuándo la marca de la ciudad pasa por delante de la calidad de vida y experiencias de sus ciudadanos? ¿En qué momento nos despistamos?

Ahora que no nos oyen confesaré que a veces me siento gota malaya, a veces loca cascarrabias, a veces guerrillera romántica empedernida, a veces señorita a dos palmos del suelo donde se libra una batalla campal… Y me leo y escucho defender que la cultura es un derecho que hay que defender con uñas y dientes, una cultura entendida como diversa, controvertida, contradictoria, provocadora de reflexión y emoción pura. Y me siento disco rayado, y me peleo conmigo misma y con el sector por no haber logrado que la cultura sea percibida como un derecho, como una necesidad.

Si no hemos logrado que en tiempos de una cierta estabilidad la ciudadanía entendiera la cultura como un derecho imprescindible a reivindicar, mucho me temo que en momentos de crisis económica, tenemos todas las de perder. ¡Qué estupendo argumento el de la restricción económica para arrasar con la cultura como bien público! Si se logra con educación, la sanidad, el bienestar social, que creímos intocables! ¡Qué fantástico momento para reforzar criterios economicistas a la hora de cuestionar la supervivencia de la inversión pública (perdón, en cultura es gasto, la inversión para el sector del automóvil).  Por supuesto, resultará imprescindible prescindir de proyectos, centros, profesionales… ¿Bajo qué criterios se realizará la toma de tales decisiones? …¿qué más dará, si de todos modos la ciudadanía no saldrá a la calle para reclamarlos? Y qué magnífica oportunidad para sustituir a responsables de proyectos por otros más afines a determinados fines. Con lo entretenido que está el sector intentando sobrevivir, como para dedicarse a revisar la legitimidad o moralidad de determinados procedimientos!

Pero va,  aún tienen una oportunidad. Demuestren su influencia en la generación de empleo, gasto turístico, ocupación, capacidad de captación de patrocinio privado (a más patrocinio privado, mayor posibilidad de apoyo público, mira por dónde), contribución a la idea de marca de ciudad y estado, y quizá así puedan salvar su legitimidad.

Ya…, ya estamos… Estos de la cultura empeñados en vivir al margen del sistema. En defender que su aportación radica en ofrecer la oportunidad de ampliar visiones, experiencias, cuestionarse, provocar emociones y reflexiones… No aprenderán nunca… ¡Crezcan, despierten de una vez, que esto es el mundo real! Y el mundo real requiere números tangibles que demuestren rentabilidad social (económica, por supuesto)!

Y niños, llegó el momento de decir adiós a papá – estado, te repiten una y otra vez, uno de esos mensajes que ves repetir como el mantra que alguien se empeña en ir infiltrando en la conciencia social para neutralizar toda reivindicación ante la asimilación de la inevitabilidad. Los eufemismos y los mensajes subliminales han demostrado su eficacia hipnótica y narcótica. Pero lo siento, mi tozudez me impide dejar de reclamar la necesidad de la inversión pública para garantizar la accesibilidad y la diversidad cultural, así como exigir conciencia pública en la actuación de la administración pública.

Lo sé, jamás creceré, lo siento.

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Acerca de delirandounpoco

...y me dio por delirar un poco... (suele pasar) ...la versión oficial? algo así como gestora, consultora, comunicadora cultural..., o algo parecido...
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2 respuestas a Toda acción cultural es política

  1. Jose dijo:

    No crezcas nunca, Cristina.

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