Menos emprendeduría y más ideología

Error de título…, como si el concepto emprendeduría no estuviera cargado de ideología.

Nos encontramos un grupo de gente en la Universidad de Huelva, invitados por la Universidad de Cádiz con motivo del Seminario Internacional del Observatorio Cultural del proyecto Atalaya para debatir sobre “Formación y gestión cultural.”

Un pensamiento compartido: “para qué”. Como bien apuntaba Fátima Anllo, recordando al gato de Cheshire, al plantearnos cómo deberían enfocarse los estudios de gestión cultural, si no sabemos hacia dónde queremos ir, qué más da qué camino tomemos.
En un momento en el que el discurso de las industrias culturales parecía por fin ser puesto en evidencia, cuando parecía ya asumido que no pasamos de manufacturas artesanas (decía un día @idealibros) que requieren ser subvencionadas para sobrevivir, y cuando sólo ciertos estamentos se aferraban a la idea de industria como supuesta legitimación del papel de la cultura y como a su última tabla de salvación en mitad del naufragio, cuando parecía que por fin no quedaría más remedio que devolver a las personas y a la cultura el papel que le corresponde, ataca con fuerza el concepto del emprendedor cultural. De pronto el gestor cultural se convierte en emprendedor cultural. Emprendedor a la fuerza, porque el paro se le terminó, porque nunca tuvo derecho a él, porque las instituciones públicas cerraron sus puertas y porque las empresas tienen carta blanca para imponer condiciones inhumanas. Emprendedores empujados a tratar de cubrir los servicios que dejaron de ofrecer las instituciones públicas. Emprendedores cómplices del desmantelamiento del servicio público o de ciudades convertidas en “smart cities” para “start ups” “emprendiendo” en “coworkings” y “viveros empresariales”. Emprendedores lanzados de nuevo al neoliberal mundo de la competición individual entre marcas, ahora personales, y que serán responsables de sus fracasos, cuando las condiciones del entorno hagan inviable sobrevivir de su trabajo. Y trabajadores culturales que también serán acusados de parásitos sin ambición si no se suben al carro de la emprendeduría. El brillante “timo del emprendedor cultural”, como explicaron ya mucho más lúcidamente Jaron Rowan y Rubén Martínez.

Como decía en Huelva Juan José Téllez, “estamos viviendo la privatización de lo que creímos imprivatizable. Lo público se ha ido adelgazando y la institución pública sometida al capricho del mercado. Del imaginario de necesidad de conocimiento como derecho democrático hemos pasado a un humanismo sujeto a las reglas del mercado. Corren malos tiempos para las humanidades. Bienvenidos al libre mercado.”

Y frente a ello, un tejido de trabajadores culturales que ya no saben si sentirse parte de la resistencia que lucha por defender a contracorriente y a la desesperada el papel de la institución pública y el derecho a la cultura pública, si sentirse cómplices por seguir tirando adelante proyectos que sin autoexplotación no podrían sobrevivir, si desistir de vivir de su trabajo, o incluso cuestionándose si tiene sentido su trabajo.

Como recordaba José Lebrero, “los procesos de duelo son una cosa seria que se iniciar por una fase de desconcierto, seguida de rabia, inseguridad, falta de autoestima, fase de desesperanza (“nuestro ser querido no volverá” “esto no volverá”) y finalmente una fase de reorganización de la propia experiencia, avanzando en la reconstrucción y en la búsqueda de nuevos significados.” Probablemente muchos de nosotros hemos vivido varias de estas fases ante la caída de principios que creímos inamovibles, o no tenemos claro en qué momento nos encontramos. Si asumir el duelo o batirnos en duelo, ante la caída de nuestros derechos y del bien público. Pero sin duda alguna es momento de revisar y replantear cuál debería ser nuestra función, y a partir de ahí reformular también la formación necesaria.

Y alzando su voz, una ciudadanía a la que el discurso de que “la cultura no es un lujo”, cuando se la ha relegado a un papel de consumidor masivo pasivo de productos resultantes de las industrias culturales, miembro de un rebaño computado en aras de una supuesta legitimidad cuantificable y a corto plazo, y de sufridor de estrategias de ciudad en los que forma parte del decorado, le resulta más bien lejano, si no directamente cínico.

…¿cuál puede y debe ser el papel del gestor cultural en este contexto? A mí siempre me quedó muy lejano el concepto de gestora, jamás logré identificarme con una etiqueta que adopté por defecto, por pura comodidad, supongo, pero que siempre estuvo cargada de una clara connotación economicista. Pero las palabras construyen realidades, y cuando la realidad entra en crisis, es el momento de cuestionar y reconstruir su sentido. De gestores a sugestores, a mediadores (no entendido como herramienta de neutralización de conflictos, sino como facilitador de diálogos), a activadores, a provocadores, a facilitadores, a posibilitadores…

Decía Fernando Vicario que en Latinoamérica entienden que el gestor cultural tiene que dedicarse a cómo se dialogan los disensos, porque los consensos ya se gestionan solos.

Una formación de gestión cultural en la que se asuman el conflicto y el disenso como parte inherente, imprescindible y enriquecedora de la vida en comunidad. Una formación que fomente el cuestionar lo aparentemente incuestionable, el pensamiento crítico ante la imposición de ciertos valores y dinámicas, y la corresponsabilidad del gestor cultural en la legitimación de determinados procesos. Una formación que devuelva la importancia de la utopía. “La cultura es una arma cargada de futuro”…, ¿pero con qué futuro queremos cargarla? Ya desde el inicio de la crisis quedó claro que no se trataba tanto de una crisis económica como de una crisis de valores. Y toda gestión refleja unos determinados valores, una ideología, una forma de entender la vida y sus prioridades, las relaciones, los derechos y las responsabilidades. “Hay que liberar a la gestión de ideología”, como si la presunción de la posibilidad de una gestión objetiva no estuviera impregnada de ideología. ¿Qué transmitimos a través de una gestión “impecable” desde una perspectiva economicista, si con ella reafirmamos la idea de “quien paga manda”? ¿Si tanto da si se priva de sus derechos a los ciudadanos para poner alfombra roja a la opulencia presuntuosa y de procedencia como poco dudosa? ¿si no importa vender el alma de los proyectos, los ciudades y sus ciudadanos si los números resultan satisfactorios, por supuesto sin preguntarnos para quién?

Una gestión comprometida y responsable. Una formación con menos gestión y más ideología.

Y una gestión con menos eficiencia y más pasión. Porque si hablamos de cultura hablamos de comunicación entre personas, de emociones, de relaciones, de pensamientos… Y para todo ello nada más eficiente que la pasión, el cariño, la cercanía, la ilusión, el diálogo y la reflexión compartida. No hay futuro posible sin cuestionar y construir desde el presente. La ciudadanía ya ha empezado a despertar y a salir a la calle a reclamar su derecho a decidir y construir su futuro y su forma de entender la cultura y la vida en comunidad. Es el momento de escuchar y arremangarse.

…¿qué me llevo yo de Huelva? La reconfortante sensación de compartir visiones entre “gestores culturales” de diferentes generaciones y posiciones, la escucha atenta y llena de mutua curiosidad cuando ya no la esperas, preocupaciones, ilusiones y convicciones compartidas, el  placer de aprender sin querer dejar perder una palabra… Y el recordar que no hay nada más “eficaz”  que un bonito, sabio y sencillo relato, cargado de contenido valioso y transmitido sin pretensiones, como bien nos recordaron con el ejemplo en Huelva,… y que el día que pueda abandonar los power point, los prezi y otros comodines, y que menos es más, quizá habré aprendido algo…, mientras tanto aquí dejo sonrojada algunas de mis notas de apoyo, por si a alguien le pueden interesar.

<div style=”margin-bottom:5px”> <strong> <a href=”https://www.slideshare.net/CristinaRieraJaume/necesidades-formativas-actuales-y-futuras-de-la-gestin-huelva-def-copia&#8221; title=”Necesidades formativas actuales y futuras de la gestión huelva def copia” target=”_blank”>Necesidades formativas actuales y futuras de la gestión huelva def copia</a> </strong> from <strong><a href=”http://www.slideshare.net/CristinaRieraJaume&#8221; target=”_blank”>Cristina Riera</a></strong> </div>

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Acerca de delirandounpoco

...y me dio por delirar un poco... (suele pasar) ...la versión oficial? algo así como gestora, consultora, comunicadora cultural..., o algo parecido...
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6 respuestas a Menos emprendeduría y más ideología

  1. manelmonta dijo:

    Un gran artículo. Comparto tu análisis al cien por cien y en cualquier caso, sometidos a la terminología que nos viene impuesta, resulta prácticamente imposible emprender nada en un contexto cultural como el de nuestro país, dominado absolutamente por el dirigismo, los sectarismos y las corruptelas. Moltes gràcies.

  2. Pingback: Mamá, quiero ser autónoma | Agenda Magenta

  3. nacho dijo:

    Estando de acuerdo (en el fondo) contigo, Cristina, aunque creo que también se podría decir que “la cultura sí es un lujo”, pero no un artículo de lujo, sino un lujo necesario para vivir. Pienso que deberíamos empezar por cambiar el paradigma producción-consumo por el de expresión-relación y defender a muerte la visibilidad y sostenibilidad de cada relato (individual o comunitario). El lujo (y la necesidad) es que la cultura sea plural.

  4. Pingback: #Yopropongo, sobre el valor de la honestidad en el Arte | SalitreRevistaCultural.com

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