Diario desde el búnker

Buenos días desde el búnker!

Quinto día de confinamiento. Ayer salí por primera vez a la calle. Vestirme fue como prepararme para una fiesta de gala. Salir a la calle, como salir de una nave espacial en un planeta desierto. Las calles en pleno centro de la ciudad, absolutamente vacías. De pronto el vacío resulta algo sórdido. Policías patrullando y pidiendo por megafonía que la gente se retire a sus casas, controlando el acceso a los supermercados. Sólo un pobre muchacho está rodeado por 10 policías pidiéndole papeles. Da hasta miedo fotografiar la calle bajo el estado de vigilancia. Las pocas personas visibles, con mascarilla y mirada asustadiza. Da angustia respirar, termino respirando como un pajarillo.

Pero no sé si da más angustia la enfermedad o estar viviendo en Matrix. La sensación de estar siendo una ratita de laboratorio de experimentación sociológica, un Gran Hermano a lo bestia, aumenta por momentos.

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Miles de personas encerradas a golpe de queda. Fronteras cerradas. Calles desiertas. Gente obligada a seguir normas estrictas de distancia. Ciudadanía pegada a móviles, ordenadores, radio, tele, para conocer actualizaciones de nuevas medidas y balances macabros, entre la angustia y la necesidad de saber.

La China que hasta ahora era el mal de pronto es la salvadora, y sus mecanismos de control y monitorización de la ciudadanía, que hasta  hace dos días nos escandalizaban, ahora son el ejemplo a seguir. Aplicaciones de control de movimientos, relaciones, hábitos y consumo, son vistas de pronto como un bien imprescindible, la llave de nuestra salvación. Herramientas de control de nuestras vidas que han venido para quedarse, si no reaccionamos a tiempo. Me contaba hace años una amiga que vivió en un kibutz, que al ser comunidades cerradas, eran un excelente laboratorio de experimentación para nuevas tecnologías, nuevos alimentos…

La locura neoliberal sin escrúpulos de Trump y Johnson, ya definitivamente desatada y sin escrúpulos. La privatización de un bien básico como la sanidad, al fin en entredicho.

Gente enloquecida saqueando supermercados, arrasando las existencias de papel wc, inventando todo tipo de artilugios para protegerse de sus paisanos, mirándolos con desconfianza al menor tosido. Intereses partidistas, politiqueos, recriminaciones incapaces de asumir la rapidez con la que avanza. Hospitales desbordados. En Italia se ven obligados a decidir quién puede sobrevivir. Crudeza en estado puro. ¿Exageración, falta de previsión, complot? Listillos lanzando proclamas cuando hace dos días iban tan perdidos como todos. A toro pasado es muy sencillo dar lecciones. Somos incapaces de asumir que vivimos en la incertidumbre, que nos enfrentamos a lo desconocido, nos educaron en las certezas. Como decía alguien, pasamos de compartir memes a tomar consciencia de la desgracia, del drama.

Políticos que van cayendo. Días ideales para destapar otro escándalo de la Corona, ese gigantesco virus. Ni el mejor guionista hubiera llegado a imaginar tanto. Suerte que no hay tantos años bisiestos o nos da un infarto.

Mientras tanto la población se prepara para vivir en cuarentena. Los grupos de whatsapp sacan humo, las redes se llenan de propuestas de cosas por hacer. Conciertos online, museos virtuales, películas, libros… De pronto la cultura vuelve a ser imprescindible, vuelve a hacer la vida más vivible y rica. Y quienes se dedican a ella, algunos de los económicamente más frágiles.  Habrá que recordarlo cuando salgamos de esta.

Teletrabajo, deberes para escolares, tablas de gimnasia, productividad, rutinas, automarketing…  Horror vacui. ¿Tanto nos cuesta encontrarnos con nosotros mismos, convivir a solas con nuestros seres queridos? ¿Tanto miedo nos da el vacío, que necesitamos llenarlo? ¿Tanto miedo nos da la incertidumbre, que necesitamos estructurar nuestros días? Tenemos por delante una oportunidad única para reducir la productividad, dejarnos llevar y adentrarnos en otros aprendizajes, probablemente mucho más importantes para la vida, para la convivencia. Tiempo para reducir la productividad y explorar otros modos de vida, más sostenibles. Revisar prioridades vitales, relaciones…

Se reducen de forma drástica los viajes. Baja en picado la contaminación. En los canales de Venecia corren agua cristalina y pececillos. Un bichito pone en jaque a la prepotente humanidad, le devuelve a su sitio. La Madre Tierra nos da una colleja.

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El mundo globalizado y la humanidad es interdependiente. Reconocer nuestra fragilidad, nuestra dependencia, la necesidad de poner los cuidados en el centro, asumirlo con humildad para devolver la importancia a la vida y al cariño. Cuando de pronto no hay nada más importante que la salud de tus seres queridos. Abrazar y besar a quien quieres. Unas flores, un balcón. Sentir el sol en la cara. Oler el mar. Pasear, sin más. Redes de seres queridos nos sostienen ahora este pequeño día a día. Mensajes de alegría, cariño y ánimos, voces queridas. Quizá es momento de revisar nuestro día a día, nuestras importancias y urgencias.

¿Qué trabajadores se han convertido estos días en imprescindibles? Personal sanitario, científico, limpieza, transportistas, servicios sociales, agricultores… Algunos de los más despreciados y golpeados por el sistema, de los más frágiles, son obligados a trabajar y a exponerse para sostener ahora nuestras vidas. ¿Seremos capaces de reconocerlo después, de que no quede todo en un aplauso desde el balcón?

Es obligatorio encerrarse en casa. Qué fácil decir cuando tienes casa propia. Cuando no tienes un casero o un fondo buitre acosándote por pagar un alquiler cuando no tienes ingresos para sobrevivir. Qué sencillo decir cuando tu hogar es agradable, cuando tu ambiente en casa es acogedor. Cuando no tienes que estar encerrado en 50 metros cuadrados con una familia numerosa, compartirla con otras familias. Cuando no tienes a pequeñines que no entienden no poder salir al parque y ver a sus amigos. Cuando no tienes que soportar violencia familiar. Estar a gusto en casa es un privilegio.

La gente sale a los balcones, a aplaudir a quienes trabajan estos días por nosotros. Y se convierte en un momento de aire fresco, de reconocernos juntos, de ver por primera vez la cara de nuestros vecinos, de celebrar que estamos vivos. Canciones, karaokes, himnos, caceroladas, bingo, veo veo, alegría, risas… En nuestro barrio quedan pocos vecinos. La especulación y el turismo acabaron con ellos. Ahora esos pisos Airbn, hoteles están vacíos. Quizá es momento de revisar también nuestras ciudades como lugares de convivencia, de compañía y cuidados. Vecinos cuelgan formularios en la escalera para ofrecer/pedir ayuda. Muchas personas ofrecen todo tipo de ayuda y servicios.  La humanidad puede ser muy bella.

Jóvenes se lanzan a la calle a llevar la compra y cuidar de mayores. La soledad de la gente mayor en las ciudades adquiere una realidad más visible y cruel.

…ojalá salgamos de todo esto habiendo aprendido algo.

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Acerca de delirandounpoco

...y me dio por delirar un poco... (suele pasar) ...la versión oficial? algo así como gestora, consultora, comunicadora cultural..., o algo parecido...
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3 respuestas a Diario desde el búnker

  1. unizeros dijo:

    Un artículo estupendo. Felicidades

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  2. Núria dijo:

    Muchas gracias, que así sea, que cale hondo y marque un antes y un después en nuestras vidas traduciéndose en calidad, comprensión, orden de prioridades, pequeños detalles que marcan grandes diferencias, unión, empatía y gratitud.

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